Ya sé de sobra que tiene esa sonrisa y esas maneras y todo el remolino que forma en cada paso de gesto que da.

Todo eso de que él puede llegar a ser ese puto único motivo de seguir viva y a la mierda con la autodestrucción...

Todo eso de que los besos de ciertas bocas saben mejor es un cuento que me sé desde el día que me dio dos besos y me dijo su nombre.
Pero no sabes lo que es caer desde un precipicio y que él aparezca de golpe y de frente para decirte, venga, hazte un peta y me lo cuentas.

No sabes lo que es despertarte y que él se retuerza y bostece,
luego te abrace, y luego no sepas cómo deshacerte de todo el mundo.

Así que supondrás que yo soy la primera que entiende el que pierdas la cabeza por sus piernas y el sentido por sus palabras y los huevos por un minimo roce de mejilla.

Que las suspicacias, los disimulos cuando su culo pasa, las incomodidades de orgullo que pueda provocarte son algo con lo que ya cuento.
Que cuando él cruza por debajo del cielo solo la tonta mira al cielo. Que conozco su voz en formato susurro y formato gemido y en formato secreto.
Que no solo conozco su última pesadilla, también las mil anteriores, y yo sí que no tengo cojones a decirle que no a nada porque tengo más deudas con su espalda de las que nadie tendrá jamás con la luna, y mira que hay tontos enamorados en este mundo.

Que sé la cara que pone cuando se deja ser completamente él, rendido a ese puto milagro que supone que exista.
Y le he visto hacerle competencia a cualquier amanecer por la ventana: no me hablen de paisajes si no han visto su cuerpo. Solo los sueños pueden posarse sobre las siete letras de su nombre.
Que te entiendo.
Que yo escribo sobre lo mismo. Sobre el mismo.
Que razones tenemos todas, pero yo muchas más que vosotras.